Venimos, no, voy a hablar con el cuerpo, vengo de tratar de darle
forma de canción a un poema que escribí a una novia, cuando era novia.
Vengo de un cuarto con cartones de guardar huevos, micrófonos, esperas,
soledades de acordes encerrados. Vengo de un barrio obrero de la ciudad
de Buenos Aires, no son muchos. Vengo de tomar el subterráneo, de
saludar, a un hombre canoso, que no me dirigió la palabra, pero me
apretó, emocionado, la mano. Vengo de un país libre.
Vengo de generaciones a las que las muerte les vino del golpe.
Vengo a una generación a la que la muerte le vino de golpe.
La diferencia, infinita, abarca torturas, cárcel, poemas perdidos en
mazmorras, hasta este golpe, contundente y calmo, de la muerte. En su
lecho. De un cristiano. Vengo de un ateísmo militante capaz de
conmoverse hasta el colmo por los cristianos que se plantearon vivir la
vida de Cristo.
Ha muerto Húgo Chávez.
Un ejemplo de cómo encarar este asunto milagroso, que no pedimos pero dadas las cosas defendemos, de la vida.
Vengo de un país donde se murió Néstor Kirchner.
Y, yo, recuerdo cosas, así, chiquitas, sentimentales, en el escalofriante escalón de la muerte.
Me fui caminando a la Casa Rosada, la sede de gobierno de la Argentina.
Había mucha gente. Algunos, desconsolados por el futuro. Nosotros
medimos el espesor de la historia con categorías densas, amasando con
pasión calibrada la definición científica de este misterio interrumpido
del vivir, pero la gente de a pie, mis vecinos, mis familiares, las ex
novias que me olvidaron, sus primas, los trabajadores, los de abajo, los
parientes pobres de la leyes de la historia, creen en la gente concreta
y vital. Y desconsuelan cuando muere una partecita nuestra, esa
partecita nuestra, la del pueblo sin estridencias ni demagogias, esa
partecita que nace y muere y renace y remuere, esa partecita de nosotros
que es la esperanza.
Yo tenía una confianza tan voluntariosa, si querés, en que ese
hombre, Néstor, lo mismo que creo del Comandante Hugo Chávez ahora,
tenía y tengo una confianza, ahora corroborable, de que murieron en
plenitud, dejaron esta esperanza de fuego en cada corazón de la gente
sencilla. Antes, la muerte la traía el golpe. Ahora, la muerte viene de
golpe. La diferencia son los jirones de vida que se dejaron para un
mundo mejor. Nadie interrumpió, nada ni nadie, interrumpió, más que la
única certeza socialista -todo lo demás es sueño, y lo mejor de esta
vida son nuestros sueños- que es la muerte.
Había, para ver, el cajón de Néstor Kirchner, una cola inmensa. Yo me senté en el cordón.
Había otra cola inmensa en los improvisados baños químicos y cuando fui a
mear, un pibe, ojalá lo vuelva a ver, me miró sorprendido. Por hacer la
cola. Por haberme visto en la TV. Y, mirá con qué poca cosa volvimos a
creer, pueblo sufrido y jodido, el pibe, me dijo: “sos kirchnerista”.
Nunca me olvidé de eso.
Puede que no tenga la menor importancia. Lo estoy contando porque
estoy emocionado. Y emocionado uno elige quedar al borde del ridículo
para transmitir una sensación.
En Paraná, mi tierra, una vez me dieron una condecoración de la
Universidad de Sucre, de Chile. El rector, Pedro Godoy, un historiador
de los valiosos e inmensos, me dio una cosa, una medalla, que enterré en
un lugar, donde murió el tipo más importante, para mí, de la historia
federal. Ahí donde enterré algunas cosas. Muchísimos años atrás había
tenido en su casa de Chile a un loco, milico, que daba vueltas por ahí. Y
era apasionado, también, por la historia. Tenía redención contenida en
las venas. La memoria tiene esas cosas, esos laberintos raros, mirá, hay
algo, cómo olvidarlo: tenía solamente, ese loco, venezolano, que paró
en lo de Pedro Godoy, dos camisas. Y un solo par de medias. Y un solo
calzoncillos. Terminado el día, los lavaba a mano. Los colgaba del
balcón para que se sequen. Ajá. Era Húgo Chávez.
Hoy murió, el tipo que aprendió por el costado la historia de los
pueblos, que esquivó los galardones idiotas de los historiadores
consagrados. Hoy murió el hombre que mi hizo kirchnerista. Y, nobleza
obliga, quiero, sin ser más que un boludo llorando desde el teclado en
mi casa, quisiera tanto llegarle a un venezolano para decirle que
cuando, en unos días, pase la etapa más negra del dolor, sepa que, como
nos pasó a nosotros con Kirchner, queda detrás un pueblo. Que Chávez no
vivió en vano.
Que no miren la televisión ni la alegría de la oligarquía. La muerte es la única certeza socialista. Para todos.
Que miren a los que hacen fila, a la gente común, a los que lloran al Comandante.
Todo revolucionario tiene la misión de infundir, en estas horas
nubladas, esperanzas de continuidad y lucha en por lo menos una persona.
Necesitamos una guerra de guerrillas de la esperanza.
Por lo que falta.
Para que sea la vida y no la muerte nuestra única certeza socialista.
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